20 Famosos experimentos que revelan cómo nos manipulan

Aunque uno pueda pensar que los experimentos físicos con seres humanos son terribles, todavía hay algo que puede ser más terrorífico, y son los experimentos psicológicos. Algunos parecen inocentes, otros no tanto, no ya por el experimento en sí, que puede en algunos casos dejar alguna secuela a los participantes, sino porque enseñan sobre el comportamiento humano y, por lo tanto, cómo manipular a las masas. Estos experimentos enseñan mucho sobre nuestra mente pero, a cambio, ¿nos convierten en borregos y no nos damos cuenta?

 

El experimento del piano en las escaleras

Esta idea de Volkswagen quería probar que el comportamiento de la gente puede cambiar haciendo las aburridas tareas cotidianas en algo más divertido. Basta con pintar escalones como si fuera el teclado de un piano para que la gente prefiera usar las escaleras antes que la cinta o las escaleras mecánicas.

 

El experimento del violinista en el metro

En el metro de Washington se pudo escuchar durante casi una hora a Joshua Bell, un virtuoso del violín que tocaba un Stradivarius valorado en más de 3 millones de euros. Un concierto gratuito que pocos tienen oportunidad de disfrutar en un teatro.

Solo seis personas se detuvieron para escuchar un rato. 20 les dieron dinero y siguieron andando. Consiguió 32 dólares. Cuando dejó de tocar, nadie se dio cuenta, nadie aplaudió. Cuando los niños se detenían a escuchar, los padres los agarraban de la mano para que siguieran caminando.

 

El experimento de la habitación llena de humo

Si estás en una habitación llena de humo ¿qué harías? Pues depende de con quién estés. Durante este experimento se pedía a un grupo de personas que llenara un formulario cuando, de repente, la habitación se empezaba a llenar de humo. Se comprobó que 3 de cada 4 personas que estaban solas saltaban para dar la voz de alarma. Lo interesante: cuando se añadían dos actores que no se inmutaban ante la presencia del humo, los sujetos actuaban de la misma forma. Incluso alguno siguió rellenando el formulario tapándose la boca con un pañuelo.

 

El experimento del accidente de coche

Este experimento se realizó en 1973. Se pidió a gente que estimaran la velocidad de varios coches. Los participantes vieron escenas de coches chocando y se les pidió que contaran lo que había ocurrido. A cada uno se le. hacía la misma pregunta pero cambiando el verbo: “¿A qué velocidad iba el coche cuando chocó/colisionó/golpeó/contactó al otro coche?”

Se descubrió que, según el verbo que se utilizara, la velocidad que se indicaba era mayor o menor.

 

El experimento de la cueva de los ladrones

Este experimento quería demostrar cómo dos grupos diferentes acaban enfrentados y con actitudes negativas entre ellos.

Se llevó a dos grupos de niños de 11-12 años a un campamento de verano sin que se conocieran mutuamente. Después de unos días, se les unió y se les presentó unos a otros. Como era de esperar, en poco tiempo comenzaron hostilidades y agresividad entre ambos grupos.

A la tercera semana, los experimentadores crearon condiciones que requerían la colaboración de todos, como buscar agua potable. Entonces ambos grupos comenzaron a trabajar juntos para solucionar el problema.

 

El experimento Milgram

Este experimento llevado a cabo en 1961 por Stanley Milgram quería medir hasta dónde era capaz de llegar la gente en la obediencia a la autoridad.

A los individuos se les decía que tenían que administrar descargas eléctricas a gente que estaba en una habitación continua cada vez que fallaban en la respuesta de una pregunta. A cada fallo, la intensidad de la corriente eléctrica aumentaba. La teoría es que, a base de castigo, iban a aprender más rápido. En realidad no había corriente eléctrica alguna, lo que querían descubrir los investigadores es si los individuos iban a apretar el botón de la corriente cada vez que se les indicara. Al otro lado de los cables solo había actores que gesticulaban y gritaban como si realmente les estuvieran electrocutando.

Descubrieron que el 65% de los individuos administraban dosis de electricidad potencialmente letales, 450 voltios, solo porque se les ordenaba que apretaran el botón. Se demostró que la mayoría era capaz de seguir instrucciones de la autoridad, incluso a costa de matar a inocentes.

 

El experimento Carlsberg

Este experimento fue llevado a cabo por Carlsberg. A una pareja se le daban dos asientos en el cine, pero estaban rodeados de morteros con pinta agresiva repletos de tatuajes. Algunos decidían no sentarse y se marchaban, pero a otros no parecía importarles. Estos últimos recibían un aplauso y cervezas gratis por parte de los motores. La idea era demostrar que no hay que fiarse de las apariencias, aunque si en vez de haber sido un experimento hubieran sido Ángeles del Infierno reales vete a saber lo que habría pasado.

 

El experimento del falso consenso

A un grupo de estudiantes se les pidió de forma individual que llevaran por el campus de su universidad un cartel publicitario. Los que accedieron a llevarlo lo hicieron pensando que la mayoría de sus compañeros de estudio iban a hacerlo también. Los que se negaron pensaron justo lo contrario, que la mayoría también se había negado.

Demuestra que no importa lo que creas, siempre te dejas llevar tus opiniones y acciones según piensas que opina la mayoría, aunque sea falso. Te pasa todos los días cuando ves la tele y la prensa.

 

El experimento de la nube de algodón

Este experimento se llevó a cabo en los años 60. Se metía a un niño en una habitación donde había una mesa con una nube de caramelo. Al niño le decían que, si esperaba 15 minutos sin comerse la golosina, le darían luego otra más.

Muchos niños “se cubrían los ojos con las manos, daban pataditas a la mesa o jugaban con la golosina como si fuera un animal pequeño”.

De 600 niños, una minoría se comió la golosina inmediatamente. Otros intentaron esperar un tiempo pero no aguantaron la tentación, y un tercio aguantó lo suficiente para recibir el premio extra.

Curiosamente, se descubrió que los niños que habían sido capaces de esperar habían crecido luego con mejores trabajos, mejor forma física y mejores estudios.

El caso Genovese

En realidad no fue un experimento psicológico, pero se utilizó para descubrir el efecto ‘Bystander’. Este efecto ocurre cuando la presencia de otros evita que un individuo intervenga en una situación de emergencia.

Genovese fue acuchillada varias veces fuera de su apartamento mientras que gente que pasaba cerca observó pero no hizo nada ni llamó a la policía. Los psicólogos atribuyen esta inacción a la percepción de que no hay responsabilidad y al comportamiento en grupo (una persona no actúa si ve que los demás tampoco lo hacen).

 

El experimento del gorila invisible

Este curioso experimento se basa en visualizar un vídeo corto donde hay gente pasándose un balón de baloncesto, unos con camiseta blanca y otros con camiseta negra. Tienes que contar las veces que se pasan la pelota los que llevan la camiseta blanca. Al final del vídeo te preguntan si viste al gorila y, la mayoría, dice no haberlo visto, como si fuera invisible. (Puedes hacer el experimento a alguien enseñando el vídeo aquí).

Se demuestra que puedes centrar tanto la atención de la gente en algo, que se pierden algo que tienen delante de las narices.

 

El experimento de la muñeca

La idea de este experimento era la de comprobar si todo el comportamiento humano es aprendido socialmente o heredado a través de factores genéticos.

Se separó a niños en tres grupos. Uno de ellos estaba con un adulto que presentaba una actitud violenta hacia un muñeco, otro grupo estaba con un adulto que jugaba con el muñeco y un tercer grupo de niños no tenía a ningún adulto en la habitación.

Luego se introducía a los niños uno a uno en otra habitación con varios juguetes, entre ellos el muñeco del experimento. Se les decía que no podían jugar con ellos porque eran para otros niños para aumentar la tensión. Al cabo de un rato, los niños que habían estado con el adulto con actitud violenta acabaron golpeando al muñeco, mientras que los niños que pertenecían a los otros dos grupos no mostraban actitud agresiva.

 

El experimento Asch

Este experimento es otro que demuestra cómo nos conformamos ante la opinión de la mayoría. El individuo en cuestión entraba en una habitación con otros más que eran actores.

A todos se les enseñaba una imagen con tres líneas y se les preguntaba cuál de ellas era la más larga. Los actores respondían erróneamente a propósito. Se descubrió que la tercera parte de los participantes respondían también erróneamente, demostrando que en situaciones de grupo mucha gente no hace caso de su propia percepción de las cosas, sino de la opinión del grupo.

 

El experimento Facebook

En el 2012, Facebook llevó a cabo un experimento social. Lo que hizo fue priorizar contenidos positivos o negativos en los muros de varias personas. Entonces llevaron un control de las actualizaciones de sus perfiles. Encontraron que podían manipular a la gente y hacerlos sentir más felices o más tristes influyendo en la información que se les presentaba. Lo peor de este experimento es que no avisaron a nadie de que iba a ser usado como ‘conejillo de indias’. ¿Tuviste un mal día? quizás alguien te puso triste a propósito.

 

El efecto del halo

Este experimento de los años 20, el psicólogo Edward Thorndike pidió a dos militares que evaluaran a sus soldados físicamente, intelectualmente, habilidades y cualidades personales. La idea es comprobar cómo alguien juzga a los demás.

Se descubrió que cuando los militares encontraban una cualidad positiva sobre un soldado, tendía a afectar positivamente a cómo veían el resto de cualidades de ese soldado. Igualmente, si encontraban una cualidad negativa en un soldado, ésta acababa afectando a cómo veían el resto de las cualidades de ese mismo soldado.

El ‘efecto halo’ se refiere a que la impresión positiva o negativa que tengamos de una persona afecta a cómo vemos todas las características y cualidades de esa persona.

 

La cámara de mirar bebés

En este simple experimento lo que el psicólogo hacía era, simplemente, observar la cara de un bebé a través de una cámara especialmente diseñada. El bebé, colocado boca arriba, podía ver dos fotografías. A un lado la cara de un toro y al otro lado, la cara de un ser humano. El psicólogo, desde arriba, podía comprobar a qué foto miraba más el niño y se dio cuenta de que casi siempre miraba la cara del ser humano.

Según este estudio, los bebés tienen de forma innata la preferencia por ver caras humanas, sin necesidad de aprendizaje previo.

 

El experimento del efecto Hawthorne

El propósito de este experimento era el de ver cómo se podía manipular a los trabajadores para que rindan más. Como si fueran conejillos de indias, se separó a los trabajadores de una fábrica en dos grupos. A uno de ellos le aumentaron la cantidad de luz en su zona de trabajo, mientras que el otro grupo permaneció con las mismas condiciones de luz. Otras veces se cambiaban otras condiciones, las horas de descanso, las horas de trabajo, etc. y descubrieron que, cada vez que se realizaba un cambio, la producción aumentaba.

Los psicólogos concluyeron que no eran los cambios en sí mismos los que producían una mejora en la productividad, sino el hecho de que los trabajadores pensaran que alguien se preocupaba por ellos y que estaban observando su rendimiento, y esto se traducía en un mayor rendimiento.

 

La indefensión aprendida

El concepto de indefensión aprendida se estudió en 1965 y se descubrió de forma accidental. Se realizaron estudios con perros. Cada vez que sonaba una campana, les daban una pequeña corriente eléctrica. Para que no se movieran durante el experimento, los mantenían con un arnés.

Una vez acostumbrados, ponían a los perros sin atar en una caja grande con una pequeña valla que la separaba en dos mitades. La teoría era que, al hacer sonar la campaña, el perro intentaría huir, pero no lo hacía. En lugar de eso se quedaba allí sentado, esperando a recibir la descarga.

En la primera parte del experimento, los perros habían aprendido que no podían hacer nada para evitarlo, así que se resignaban. La indefensión aprendida ocurre también en los seres humanos, cuando no intentas salir de una situación negativa porque el pasado te han enseñado que no hay nada que hacer.

 

 

El experimento del pequeño Albert

Este experimento fue realizado en 1920. A un niño de 1 año se le presentaba un conejo y se le dejaba jugar con él. Al cabo de un rato, se hacía sonar un fuerte ruido a su espalda. Al final, el niño asoció el conejo con el ruido y lloraba tan solo con verlo. Wikipedia

 

El experimento del ‘perdido en el centro comercial’

Este experimento se basaba en implementar recuerdos falsos a una persona, Coan. Su hermana, madre y un hermano participaron en el experimento. Todos escribieron varios sucesos sobre la vida de Coan cuando era pequeño, todos ciertos menos uno: que se perdió en un centro comercial cuando tenía 5 años.

Después de leer las historias, Coan las tomó todas como ciertas, incluyendo la de su pérdida. Hasta inventó nuevos detalles de su falsa pérdida en el centro comercial. Cuando le dijeron que todo había sido un experimento, se negó a creerlo.

 

La prisión de Stanford

Este experimento demostraba los efectos psicológicos que perciben del poder. Se realizó en la Universidad de Stanford en 1971. Se separó al azar a un grupo de personas en dos. A unos les asignó el papel de guardias y al otro de prisioneros de una cárcel, en un entorno simulado.

A los que se les asignó el papel de prisioneros se les trató como si fueran criminales reales, se les quitó las posesiones, se les puso un uniforme y se les llamaba por un número, no por su nombre. A las pocas horas, los que hacían de policía comenzaron a acosar a los ‘prisioneros’, llegando a cruzar el límite del sadismo y los insultos. Al cabo de unos días, los que hacían de prisioneros estaban hundidos moral y físicamente.

El estudio demuestra que la gente acepta los roles sociales que se espera de ellos, incluyendo el sadismo de los guardias y el conformismo de los prisioneros.

 

La Tercera Ola

 

Este experimento social se realizó en un instituto de California. Su profesor Ron Jones quería explicar cómo los alemanes aceptaron las ideas nazis desde antes de la II Guerra Mundial.

Durante varios días, creó ‘la tercera ola’, un movimiento ficticio. Enseñó a los alumnos a realizar algunos ejercicios orientados a la disciplina y a la comunidad, intentando repetir algunas características de la sociedad nazi.

Al final, el experimento perdió el control cuando acabó saliendo fuera de las aulas, comenzando a crecer en cientos de personas. Al final les tuvo que explicar a todos que era solo un experimento pero, de no haberlo hecho, habría creado un movimiento real.

 

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